Me encuentro frente al espejo. ¡Dios santo, cuánta fealdad! ¿Será qué tengo que cuidar algo más mi integridad? Con la cara hinchada y los ojos hundidos en su cavidad.
La culpa es de la alergia, alergia a la soledad. Por más que lo intento, no me adapto a esta humanidad. Alergia. Alergia a tanta mediocridad. Alergia a una sociedad que fomenta la maldad. Y el gran pecado: alergia a mi propia vanidad.
Toda esta alergia no se cura ni con bondad. Algún día, cuando muera, que resten
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