Vaya por delante que yo quiero a mi familia mucho, ¡mucho!... pero para esto no. Ni hablar del peluquín.
Antes nos bastaba con reunirnos en bodas, bautizos y comuniones. También en Navidad, fechas en las cuales, al ser las reuniones más largas y emocionales, algunos explotábamos y otros entraban en combustión espontánea. Sí, somos una familia de sangre super-hiper-mega-ultra recalentada, ¡qué le vamos a hacer! Y a eso hay que sumarle los entierros, que, por cierto, el último se nos fue un poco
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