E res un caníbal. Lo estás pensando, antes de darle al botón de imprimir. Pero a ti la carne humana te repite. Mientras escribes todo va muy bien, escupes los huesecillos al masticar y ni siquiera te molestas en sacarte las hebras de entre los dientes. Todo va para el puchero, que borbotea bajo el fuego creador y huele a guiso montañés. Te vas sirviendo cucharadas y llenas los folios, la hoja infinita del procesador de texto. El problema viene cuando acabas, es un reflujo de conciencia, una acid
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