Las lenguas, salvo que ya estén muertas, son organismos vivos —como las personas, como los árboles—, en constante, darwinista, adaptación al medio: incorporan reglas, palabras y expresiones nuevas conforme avanzan los tiempos, y relegan otras por obsoletas. Lo peor que puede ocurrirle a una lengua —a una persona, a un árbol— es la anquilosis, el inmovilismo, convertirse en un organismo regido por un conjunto de rígidas normas, con un corpus léxico también cerrado, en que se juzga la expresión de
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