“…De la hoja del cuchillo caían pequeñas, pero espesas, gotas de sangre, tiñendo de rojo todo lo que encontraba a su paso. La niña sostenía el arma con tal fuerza que sus nudillos se habían tornado blancos. Su frágil rostro transmitía desesperación y angustia mientras su mente se bloqueaba debido a una sola idea, la había matado. Cayó de rodillas sobre la escarcha que había creado el invierno, sus piernas le quemaban por el contacto con el hielo y su cuerpo temblaba como si estuviera convulsionando, era una lástima que no fuera por el frío.
Ella tiró el arma como si hubiera sido la causante de tal pérdida, sin embargo, en lo más profundo sabía que la culpa era de ella. Tras ver sus manos cubiertas del nauseabundo líquido escarlata, reaccionó. Miró el cuerpo inerte que tenía en frente y una lágrima, más agria que salada, se le escapo de sus lindos ojos celestes, mientras se le colaba por sus finos labios. Con ese mínimo contacto rompió en llanto y se tiró a abrazar lo que días antes la había hecho sonreír, “Lo hice por piedad” pensaba la niña una y otra vez para convencerse de que había hecho lo correcto, aunque en lo más profundo de su corazón sabía que quedaría un agujero…”
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