Había veces en las que, al llegar la mañana, sentía que había librado la mayor de las batallas de una guerra de la que tenía la certeza de que no conseguiría salir victorioso. La que libraba contra si mismo.
El tiempo y la experiencia le habían hecho comprender que los sueños eran, siempre, inevitables y que, no podía defenderse de ellos. Que en la noche camparían a sus anchas y que, en la oscuridad, eran capaces de traspasar su corazón indefenso, dejando, algunas veces, huellas indelebles y caóticas que aunque pudieran parecer reales no eran nada más que la materialización de una malograda.
Esa era la razón por la que prefería soñar despierto. Sabía que los sueños que nacían a plena luz del día podían ser compartidos y, tal vez, vividos en compañía hasta el final. Por eso prefería hacerlo al empezar la mañana.
Muchas veces en la noche, maldijo las horas preñadas de sueños que no acababan de llegar. Entonces, la espera se hacía interminable y la mañana parecía alejarse hasta hacerse inalcanzable. Al final, su alma siempre cedía y se abandonaba a las sombras, aún a riesgo de volver al frente.
All rights reserved