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BK
04/08/2018
Guillermo Méndez Cendón
Pasó la tarjeta por el cerrojo y la puerta se abrió con un lengüetazo. Todas lo hacían. Beka tenía acceso a todas ellas, sin restricciones. Entró en la habitación en silencio. Frente a él, la calle vomitaba su luz rosada por un ventanal, la ciudad apestando estruendosamente.
Echó un vistazo a la habitación. Los Otros ya habían estado allí. Por lo menos habían tenido la decencia de dejar el cuerpo de la víctima sobre la cama. Boca abajo. Desnuda. Abierta. El arma homicida a su lado, aú
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