—Todos tenemos un leitmotiv en la vida. Y creo fielmente que tenemos asignada otra persona ajena a nosotros que nos da el impulso necesario para levantarnos cuando nuestra propia moral está por los suelos. En el peor de los casos, el más egoísta lo haría por su “otro yo”. Su alter ego en forma de disociación.
Hizo una pausa antes de continuar.
—¿Perdonarías a alguien que lastimara a otra persona porque a él mismo lo lastimaron?
Aleksander sopesó la pregunta que nunca se había planteado. Fuera de ser casi un trabalenguas, pensó que quizás ese era el espiral que impulsaba desde la más mínima discusión hasta el inicio de una guerra mundial.
¿Estaría dispuesto a perdonar algo así? ¿Estaría alguien dispuesto a perdonarlo por todo el dolor causado a terceros con el único objetivo de apaciguar el suyo propio? Un dolor que nunca logró quitarse de encima y que lo perseguía como una sombra.
Ahora él también se había vuelto un filósofo amargado.
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