Y Hayden se sentía una vez más, confuso, acorralado y bailando con la muerte como la absurda rata que era. Las oportunidades le rechazaban a cada paso que daba y se escurrían como el agua entre sus manos; dejándole tirado en el suelo, adormecido, roto, ausente. Con la única compañía de la droga palpitándole en el cerebro y de aquellos ojos acusadores mirándole desde el lado opuesto de la habitación, en el lienzo.
Tenía un cuadro de veinte millones de libras frente a él, un robo legendario con su firma, una cadena de asesinos provenientes de la Deep Web repartiendo cadáveres con rostros muy familiares, y a toda la policía londinense y francesa investigando tras sus pasos.
Y aun así, Hayden se sentía la criatura más insignificante del mundo.
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«Me he cansado del amor.
Amor en la tele, amor en las canciones, amor en los libros, amor con las parejas.
Amor... amor... amor... amor...
Probad a sentir odio; probad a sentir rabia, soledad o dolor.
Eso sí que es inspiración, señores. Eso sí que es sentirse vivo».
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