Odiaba mi trabajo, mejor dicho, odiaba a mi jefe. Ya tener que llamarlo así me fastidiaba, me daba un ligero asco como cuando se dice una de esas palabras que están destinadas a la discreción, a la voz baja, permitidas en contextos especiales o a personas raras como los médicos. Porque hay que ser raro para decir y escuchar algo como “diarrea” sin siquiera incomodarse y aún peor interesarte en el asunto.
Hubo un tiempo en que nos llevábamos bien, incluso hizo que me subieran el sueldo luego de
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