En toda mi existencia— apenas unos diecisiete años—, he sido una chica normal: sacaba buenas notas, fui a varias fiestas, me he emborrachado, salía de compras con mis amigas, tuve novios y sobre todo— como toda adolescente— había tenido altibajos con mi mamá; peleas, gritos y más peleas, pero siempre solucionábamos todo tarde o temprano.
¿Mi papá? Nunca lo conocí desde que nací, así que no sabía que se sentía tener un papá protector. Y ser hija única a veces me gustaba y otras me deprimía, pero... ¿Qué voy a hacer?
Pronto cumpliré dieciocho, la edad en que supuestamente me vuelvo adulta y no saben lo emocionada que estoy, porque... ¿Saben lo qué significa?
Libertad.
No espero otra fecha que no sea el dieciséis de agosto.
Dieciséis de agosto.
Unos cuantos días más, y llega el momento. Pronto podré volver a hablarle, tocarla, besarla...
¿Se acordará de mí?
Esto es lo que he anhelado desde hace catorce años, cuando ella dejó de verme. Amaba cada vez que jugaba a su lado, olvidando de nuestro tormentoso pasado y disfrutando de aquel presente, aunque ella no era consciente de ello.
Desde ese momento, me mantuve alejado, escondido junto a las sombras, privado de una vida junto a ella.
Es mi última oportunidad, y juro por mi espíritu, aprovechar hasta el último instante que me queda para amarla más que antes, porque es la verdad, la amo más que hace cien años.
Porque ni estas malditas dimensiones, ni todos los siglos que han pasado, me lo impedirán.
All rights reserved