Blanca ayudaba a su madre en la pequeña tienda encalada donde vestidas con impolutos mandiles, vendían la leche en el pueblo. En la misma calle, a pocos metros, Bruno se instaló con su negra carbonería y como la joven brotaba ya con hechuras de mujer, empezó a rondarla. Ella, encandilada, aceptó el galanteo con gran disgusto de su madre, que no veía con buenos ojos aquella relación, no sólo por la diferencia de edad, sino también por la incompatibilidad de medios de vida tan opuestos, el día
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