A pesar de que en su casa solían pasar estrecheces, se sentía la niña más presumida del arrabal. Soñaba con vestidos airosos, faldas de vuelo y lazos de color rosa, siempre rosa. Le encantaba Marisol, esa joven estrella capaz de llenar la pantalla de luz y de color. Cuando daban alguna de sus películas era capaz de colarse cada tarde en el cine del barrio si, como solía ocurrir, no tenía las diez pesetas que costaba la entrada. Quería ser como ella, bonita, salerosa y sobre todo, querida y admir
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