Entró en aquella cuadra, y, sin inmutarse por el desorden reinante, abrió el grueso volumen y comenzó a leer en alta voz. No tenía mucha confianza en ello, pero el consejo de Pennac surtió efecto. Al principio, los pocos que oían su voz modulada tenían que pedir silencio. Después, presa del asombro, fueron callando uno tras otro. Aquello era tan sorprendente... ¿Cómo no les habían hablado nunca de ello? Sus infantiles almas, atrapadas por la ilusión, se estremecían oyendo las palabras que el son
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