A Diana le gustaba jugar. Te agarraba la mano fuerte, sentada frente a ti en la cafetería, y te decía que vagaba desnuda por los bosques, o que el perro del vecino se alimentaba de carne humana. Todo con aquellos ojos azules clavados en los tuyos y aquellos labios carnosos hablando en susurros, solo para tu oído. Y claro, no podías sino creerla por unos momentos, con absoluta confianza, sin sorpresa ni horror. Luego, esbozaba esa sonrisilla en que mostraba sus dientecillos ligeramente desalinead
All rights reserved