Las olas rompían con ferocidad el silencio de la noche. Pareciera que quisiesen escapar del contacto del barco que, lentamente, se adentraba en la inexpugnable dársena de Cartagena. Cientos de ojos contemplaban inquisitivos el avance de la nave desde el Faro de Navidad. Podía sentir la tensión creciendo a mi alrededor, incluso los policías, de espaldas al mar y armas en mano, no podían evitar lanzar alguna mirada inquieta.
Más allá, en el puerto, el espectáculo era completamente diferente. El s
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