Al frotarse la cara su piel comenzó a desprenderse. Reflejado en el metálico servilletero, distinguió un escamado rostro. Tembloroso, guardaba los trozos de epidermis en la taza como si nadie fuera a notarlo.
Su enérgico brazo desencajó la puerta y el sol le abrasó. Deseó estar al final de la avenida, lejos de las horrorizadas miradas, y en dos segundos estaba allí. Quiso estar en aquellas montañas nevadas, donde apareció al instante. El hielo calmó el dolor, pero su piel ya caía convertida en
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