La bestia, erguida sobre sus extremidades posteriores, se aproximó lentamente hacia ella hasta que su hocico quedó a centímetros de su rostro. El pulso se aceleró, y el sudor le recorría las sienes. Sentía su aliento húmedo rozando su piel, sus atroces fauces a punto de
atraparla.
De repente, un calambrazo recorrió todo su cuerpo. Al mirar los ojos ambarinos de la criatura, tuvo la impresión de encontrarse con una mirada más humana que animal. Algo en
ella le resultaba familiar, como si hubiera revivido aquel encuentro antes.
El terror se desvaneció, sustituido por una calma inesperada. Algo en su interior le decía que no sería devorada… que esta bestia tenía un propósito distinto para ella, y pronto descubriría cuál sería.
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