El temor casi permanente ante los acontecimientos tristes de la vida, es algo común a todos los seres humanos, pero también es cierto, que muchas veces cuando las circunstancias adversas nos machacan, a veces sin piedad, y nos van poco a poco despojando de todo aquello que necesitamos, es en ese momento, cuando misteriosamente, quizás como por arte de magia (aunque sería mejor apostar por el instinto de supervivencia, tan apegado a la propia naturaleza del ser humano), las fuerzas surgen de la flaqueza emocional y física, de nuestro asustado cuerpo, con un recuperado vigor, que va disipando el miedo rutinario, ya que es absurdo tenerlo, por perder aquello que ya no se tiene.
A veces existe un malestar cotidiano, que nos genera la exigencia personal y laboral de nuestra vida, quizás, ¿miedo al fracaso?, es muy probable, pero el fracaso es tan solo un resultado adverso. Lo que en realidad perturba de forma angustiosa nuestro estado de ánimo, es aquello que paraliza la intención de conseguir algo, lo que se obtenga, positivo o negativo, en modo alguno puede provocar nuestro miedo.
El protagonista principal de esta historia, no quiere tener nunca miedo, y lucha para lograrlo, sobre todo porque no quiere que llegue el día en el que comiencen a entrarle las dudas, porque no sabe si su vida ha servido para algo, si su existencia tiene algún sentido y si tanto esfuerzo para conseguir respirar todos los días, asomar la cabeza y mantenerse a flote, ha servido para algo. Y para combatir sus temores necesita estar convencido de que el sufrimiento del que lucha desesperadamente y sin rendirse, por conseguir sus objetivos, al final siempre ha de tener su recompensa.
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