Jemian siempre supo que su cercanía con la diosa lunar Selenia iba a traer consigo consecuencias, al igual que su pésimo deseo por contentar los salvajes horrores que su padre y reinos vecinos buscan alimentar día tras día. Tantas como bien sabe que traería la guerra que se avecinaba en Lorian y que, desde su repudiada posición en el sureño palacio de Henatia, quiere intentar evitar. La originada por el maltrato al regalo divino que con bondad Selenia les otorgaba con cada amanecer en deseo de ofrecerles prosperidad. El mismo presente que había traído consigo las avaricias y las envidias de todos los que, codiciosos, querían hacerse con dicho tesoro.
Pero Jemian sabe que no puede parar esa guerra solo, y si bien cree contar con un poderoso y mágico apoyo al norte de Lorian con el que intentará aunarse, será desde tras las cordilleras norteñas desde donde le vendrá la ayuda más inesperada.
Y, mientras ni Selenia ni las demás diosas se decidan a actuar en favor de unos u otros, Jemian tendrá que saber coger la mano que el destino le tienda, por mucha sangre con la que esta venga manchada. Por mucho que esta quiera su cuello cortar.
Sea de quien sea, y cueste lo que cueste luego poder soltarla.
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