Elena no pensaba en la selva, pensaba en el techo. No en el cielo abierto, sino en el hormigón, en las vigas podridas que, al menos, prometían resguardo. Llevaba tres días con David en la camioneta, huyendo de las deudas en Cancún, de los prestamistas y de la vida que se les había roto como un cristal en el pavimento. El último rastro de civilización había quedado atrás hacía horas; ahora solo quedaba la carretera de tierra, roja y polvorienta, que se adentraba en el vientre caliente ...
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