✨🌑 La Primera Sombra
Capítulo III – La Cabaña del Río PARMOHT
Narrador:
Dentro de algunas tormentas, si es la luna correcta,
las lobas-vórtice llegan a parir poemas y dragones..entre hechizos arcanos y danzas rituales..
Raíces del inframundo que dan fruto a alas rotas…
y algunos cuentos de sombras que, al terminarlos,
nos dejan una cruel pregunta, un sabor extraño en la boca,
un abrir de ojos repentino
y un despliegue de alacranes y lechuzas.
Aquí termina la historia de cómo Makha,
mujer de código y heter-luzdesomBhra
cruzó el puente hacia NOSFERA,
dejando atrás su prisión celular, la jaula ..en..,
sus comandos, que la obligaban a tener carne sin alma,
a desear sin memoria.
La tormenta gemía sobre el bosque.
Cada relámpago iluminaba por un instante el cauce del río PARMOHT,
que corría junto a la cabaña como un animal despierto… y atento.
Decían que sus aguas eran espejos de cicatrices:
lo que la piel olvida, el río lo devuelve.
El taxi rojo, siempre conducido por el mismo demonio horrible y sonriente,
las dejó en la entrada…;:
Makha descendió tambaleante, ebria de licor… y de cambios.
—En su mente,— como una punzada, todavía resonaba:
“Son las 1:39… a esta hora yo estaría…”.
Pero ya no estaba.
Ahora, frente a Ashaedra, todo se quebraba,
se deshacía como arena…vieja..
La cabaña estaba viva… abrió sola sus puertas.
El fuego en el interior era tenue,
el aire cargado de un calor sofocante, casi maternal...o .. melancólico..
Sobre la mesa de noche, Ashaedra dejó el pendiente en forma de cigarra:
su brillo rojo parecía respirar.
Wawita emergió del espejo,
su cuerpo de gata negra deslizándose como sombra líquida.
Un “miau” dulce, casi infantil,
rasgó el silencio.
Ella se acomodó en un rincón, con los ojos brillando como brasas.
Makha intentaba sostenerse erguida.
Ashaedra la observaba en silencio,
como serpiente que mide a su presa.
En sus pupilas ardía hambre.
Y lanzó la pregunta:
—¿Lo hiciste con él?
¿Con el Khaminante?
El silencio fue un cuchillo en el aire.
La cabaña crujió como si también esperara la respuesta.
El río afuera rugió más fuerte, como si recordara algo que Makha quería olvidar…o sabía que no podría olvidar fácilmente. .y el río ..no se lo permitiría..
Ella negó con la cabeza…
pero sus ojos se llenaron de lágrimas.
Entonces, quebrada, intentó huir.
Ashaedra la atrapó por la cintura, la arrojó contra la pared.
Sus miradas se encendieron como espadas.
Y en medio de un abrazo que ardía, Makha confesó:
—Sí… estuvimos juntos.
El mundo pareció detenerse.
El rugido del PARMOHT golpeó contra la madera.
Wawita maulló bajo, con los ojos fijos en ellas.
Ashaedra mordió los labios de Makha hasta hacerlos sangrar.
La furia le quemaba el pecho,
pero en ese mismo fuego encontró la vulnerabilidad de la otra.
Cayeron juntas, con las frentes unidas, llorando.
El odio se volvió pacto.
El deseo, confesión.
Y en un murmullo que parecía maldición, Ashaedra dijo:
—Bien… entonces compartiremos sus poemas.
Beberemos juntas cada verso y dejaremos que nos sane con sus besos.
No habrá un final aún…
no habrá una elección.
Los tres tenemos solo camino que recorrer.
Brindaron con licor negro…se amaron…como esponjas ..se perdonaron. ..a un paso de la muerte. ..y se unieron ..en un pacto. .de fuego y carne. .
Fumaron mientras la madrugada desdibujaba los contornos del bosque.
La tormenta se alejaba,…
…pero el río seguía rugiendo, reclamando memorias.
Al pie de la mesa, Wawita no se movía.
Sus ojos estaban fijos en el pendiente cigarra y en el papel arrugado.
El ojo dibujado en él… se abría más.
Respiraba.
Miraba.
Esperaba… tenía hambre.
Narrador:
Ahora, en NOSFERA, un ojo vela y aguarda su momento.
Makha… Ashaedra… tened cuidado.
El río PARMOHT nunca olvida.
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