Hay una (otra) realidad que depende de nosotros. Habita en nuestro interior precariamente, en adormecidos fragmentos que reclaman su recomposición, tal pedazos de un espejo que, después de hechos añicos, siguen siendo uno en cada trozo. Y es en la búsqueda o aprehensión de dicha realidad donde el poeta debe fijar su horizonte, para lo cual deberá prescindir del fulgor de lo inmediato, desligarse de unos ojos que no ven, a fin de que el corazón no sea entorpecido en su pesquisa. Sólo así, de
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