Con diecinueve años, en Dresde, la bestialidad de Boehm me enseñó a odiar mi profesión, y la fragilidad de Putin, a amarla. En mi cama, aquel hombre de hierro fue un niño, yo la madre sobre la que lloró su desconsuelo, y me sentí bien dándole el calor que necesitaba. Nunca olvidé la tristeza de sus ojos, y cuando Putin se convirtió en presidente de Rusia, al verlo en la tele me mordí la lengua para no gritar delante de mi marido:
-¡Yo me tiré a ese tío!
Ahora sale todos los días en los noticiarios, desde que atacó Ucrania, en febrero de 2022, y con esa guerra también estoy aprendiendo geografía. Todas enseñan algo. En 2001, cuando los americanos buscaban a Bin Laden por Afganistán y sus países limítrofes, descubrí que existía Turkmenistán, Kurguistán, Teyikistán... Gracias a los yihadistas del Estado Islámico supe que Mosul está en Siria; y en 2014 averigüé que Crimea es una península. Aunque no conseguí dilucidar si es más rusa que ucraniana. Ambos pueblos nacieron juntos, en el siglo IX, cuando los Rus escandinavos se establecieron en la zona de Kiev, y mezclándose con sus pobladores crearon el primer estado eslavo.
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