Cuando el cielo empezó a nublarse, Millard decidió interrumpir su día de pesca. Entre las ramas de los álamos que rodeaban su pequeño lago podía ver cómo las inofensivas nubes con aspecto de algodón bajo las que había pasado la tarde se tornaban rápidamente grises, anunciando tormenta. Su cabaña estaba a un par de kilómetros al norte del lago, un trayecto cuesta arriba de más de veinte minutos, y aunque había considerado brevemente la opción de quedarse a pescar más carpas, un ominoso relámpago, seguido muy de cerca por un trueno, le había ayudado a descartar la idea: en días así no podía arriesgarse a que la oscuridad de la tormenta lo alcanzara fuera de casa.
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