Era verano. El coliseo emitía un rugido ensordecedor, y la expectación por ver a los gladiadores eran tan elevada, que habría hecho cosquillas a los dioses allá en el Olimpo.
Las gradas estaban pobladas de personas de todo tipo y raza. Se podían divisar soldados napoleónicos, caballeros medievales, mecánicos, bomberos, piratas, policías, ladrones, obreros, granjeros, basureros, payasos de circo, esquimales, y un sinfín de personas diferentes. Se había decretado que fuera el día de la hermandad,
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