PULSA PARA VER LA IMAGEN "–¡Arriba! –No puedo, maestro. –¡Que te levantes te he dicho! El dolor en las muñecas era todavía llevadero; el de los tobillos, sin embargo, hacía demasiado tiempo que le resultaba insoportable. La voz de su maestro conjugaba los imperativos de costumbre: glissade, grand plié, á terre… Pero ella se sacudía el cansancio en cada nueva consigna, excitada por ese instinto primario en que la bestia se espolea cuando es reclamada a voces por su amo; porque aquellos gritos del
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