La ciudad empujaba a patadas. No había espacio, tampoco descanso. Tan cerca, y sin embargo, nadie; nada. Pegados y despegados como el velcro de una zapatilla entre los dedos de un niño. Caprichosos. Las personas pataleaban impotentes y enrabietadas en los trazos de aquella densa tela de araña humana. En mi espacio vivía yo recordando el desorden que una vez tuvieron mis labios rojos....
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