La herencia
Mis abuelos eran vecinos. En un pueblo de menos de mil habitantes y viviendo en una casa al lado de la otra, mis padres tenían que conocerse, sin embargo, cuando hablan de su infancia no se mencionan. Supongo que es lo normal cuando conoces a alguien, pero todavía no lo reconoces.
Crecieron uno al lado del otro, cada uno a su aire, sin ni siquiera imaginar que un día llegarían a compartir su vida.
Cuando mi padre fue a la mili y mi madre a vivir a la casa donde empezó a servir, en la calle Arrabal todo cambió, supongo que durante ese tiempo ambos crecieron y maduraron.
A la vuelta, mi padre retomó sus labores diarias y todos los días iba Arrabal arriba con el zurrón al hombro para soltar a las ovejas.
La primera vez que mi madre lo vio subir la cuesta, él ya había pasado de largo. Alto, espaldas anchas, pelo corto y algo rizado, paso seguro. Le resultaba familiar, sin embargo, no supo quién era. La pérdida de un latido y un estrechamiento en el estómago le avisaron de que algo diferente había en ese joven.
El segundo día lo vio de frente desde la ventana, en ese momento lo reconoció, no quiero decir que supo que era su vecino, el hijo segundo de la Felisa, sino que lo reconoció con el rubor que calienta las mejillas y enciende los ojos, con las mariposas locas aleteando en el pecho y con la certeza de saber que él no pasaría de largo.
A partir de ese día lo esperaba todas las mañanas, en la ventana haciendo que sacudía las alfombras, en la puerta con la escoba en la mano, o cruzando la calle hacia la fuente del Cantón con la tinaja de agua apoyada en la cadera.
Mi padre se apuraba para pasar todos los días a la misma hora, no fuera que a otra hora ella estuviera ocupada y no la viera. Ansiaba esa sonrisa que le aguardaba en la calle Arrabal y que le iluminaba el día. Así que, se afeitaba con pulcritud, se peinaba y se perfumaba como si en lugar de ir trabajar fuera a la procesión el día grande de las fiestas. En cuanto la veía de lejos se le aceleraba el pulso y le temblaban las piernas.
Así es como empiezan estas cosas, miradas, sonrisas cómplices, charlas, anhelos y certeza.
Cuando se casaron, mi madre era todavía una chiquilla, no sé qué edad es esa, pero es lo que dice mi tía. “Desde que lo vi, supe que era él y no otro” nos dice. Y qué razón lleva, para qué esperar cuando sabes lo que quieres.
Mi padre dejó las ovejas y comenzó a trabajar de albañil, primero de peón, luego de jefe de obra y a final, por su cuenta. Cuando reunieron el dinero suficiente se hicieron una casa en el barrio donde nacieron y crecieron.
La casa la hizo mi padre y encima del número 100 de la calle Tribuna, colocó aquella piedra con conforma de corazón que encontró un día en el monte. La pintaron de rojo y todavía sigue ahí, con un rojo cansado pero intenso.
Con los años, los problemas de espalda de mi padre le obligaron a dejar la albañilería. Como todavía tenía la granja, compró un rebaño de cabras. También tenía cerdos, gallinas y conejos.
Mi madre, con su hermano pastor, sabía lo sacrificado que es cuidar de la ganadería, pero mi padre se la ganó, como hace siempre. “Comeré todos los días en casa” le oí decir más de una vez. Y así lo hizo.
Las mañanas las pasaba entre la granja y la huerta, comía en casa y por las tardes soltaba las cabras. A la hora de cenar también estaba en casa.
Las tardes de verano, en lugar de ir al monte, bajaba al rio. Si mi madre lo veía por la ventana, me daba una cerveza bien fría y me decía “Mira, ahí está tu padre. Bájale esta cerveza y no corras”. Pero yo corría cuesta abajo, a todo lo que me daban las piernas, para que no se enfriara la cerveza. Se la daba y me quedaba con él hasta que la terminaba. Se la bebía en dos tragos mirando hacia la ventana de casa, ninguno de los dos veíamos a mi madre, pero sabíamos que estaba allí.
Todo esto lo sé, porque en las comidas familiares, cuando el vino calienta las tripas y suelta la lengua mi padre empieza a contarnos historias, mi madre lo mira, asiente, completa los detalles y se ríe. Siempre hay un momento en el que le acaricia la cara y le dice entre risas “No bebas más, a ver si te vas a subir a dormir al alto como aquella vez”.
Mi padre, cómplice, le devuelve la mirada y la sonrisa.
Es el turno de ella, todos conocemos esa historia, pero siempre hay alguien que le tira de la lengua para que la vuelva a contar.
Y reímos juntos mientras se nos encienden los ojos con el reflejo de una vida llena de ilusión.
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