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1874 results found for tag:"relato breve".
2011095838018
El paseo
11/09/2020
Marcelo Gabriel Wio Martínez
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2011095837998
Fibonacci
11/09/2020
Marcelo Gabriel Wio Martínez
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2011095838001
Escuchaba el quinto movimiento de Sonata Inconcepibile
11/09/2020
Marcelo Gabriel Wio Martínez
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2011095838025
descendiente de una larga estirpe de fracs
11/09/2020
Marcelo Gabriel Wio Martínez
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2011095837950
Olfativo
11/09/2020
Marcelo Gabriel Wio Martínez
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2011095837967
No le dura
11/09/2020
Marcelo Gabriel Wio Martínez
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2011095837981
Francesco Moratti
11/09/2020
Marcelo Gabriel Wio Martínez
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2011095837974
Hace cuánto que no luchás 9
11/09/2020
Marcelo Gabriel Wio Martínez
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2011095837929
Que el teléfono sonara a esa hora de la madrugada 10
11/09/2020
Marcelo Gabriel Wio Martínez
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2011095837936
Un lugar común
11/09/2020
Marcelo Gabriel Wio Martínez
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2011045795149
Infidelidad
11/04/2020
Infidelidad Las manos de David recorren el cuerpo de Ana con deseo, se dirige a uno de sus pechos, con la lengua lame el pezón que al instante reacciona y se endurece dentro de su boca. Con la mano recorre sus labios e introduce un dedo en su boca, ella lo chupa obediente. Cuando David estima que ya está lo suficiente mojado, baja la mano para meterlo con ganas entre sus piernas. Entre jadeos y cada vez más excitado se coloca entre las piernas, se roza con suavidad para sentir el calor antes de entrar con fuerza. En ese momento es cuando Ana, tras finalizar de hacer mentalmente la lista de la compra repara en el cajero del súper, con sus manos fuertes y ásperas, sus ojos marrones, su boca oculta tras la espesa barba… un hormigueo le avisa de que ahora está empezando a excitarse. Empieza a mover las caderas pensando que es el fornido cajero el que está entre sus piernas. Mientras su marido sigue empujando y gimiendo a su oído, ella abandona al cajero para acordarse del camarero del otro día, que también se coló en sus fantasías llevándola a un orgasmo lento pero intenso. David ajeno a los pensamientos de su mujer se retira para colocarse un condón y volver a penetrarla con fuerza. Mientras, Ana repasa la lista de amantes imaginarios que ha tenido hasta la fecha buscando alguno que le lleve hasta un orgasmo rápido ya que, dado el estado de excitación y los gemidos de su marido, sabe que él terminará pronto. Antes de encontrarlo, David se corre con un gemido ronco y se retira exhausto. Ana se queda mirando al techo, pensando que si fuera una de esas mujeres modernas podría masturbarse hasta llegar al orgasmo, pero eso, a ella le parece una falta de respeto a su marido.
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2009295477731
El cristal negro
09/29/2020
Es un libro de dieciocho cuentos breves escritos en los años 2019-2020, cuyo centro de gravedad es la maduración como un proceso doloroso, inevitable y que carece de sentido. Está escrito en primera persona, con una voz femenina que une todos los relatos. Contiene ochenta páginas. El título del volumen es a la vez titulo de uno de los cuentos.
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2008235088754
Deseo de una noche de verano
08/23/2020
Deseo de una noche de verano Lo único a destacar de aquella fiesta eran esos ojos negros que me seguían. Al final, me tuve que acercar. – Hola, soy Eva, amiga de María. – Encantada, soy Lola, su editora. – Me he fijado en que me mirabas y no sé… he pensado que igual tengo una mancha en el vestido o un trozo de lechuga entre los dientes. –ella, sin inmutarse, siguió con los ojos clavados en mí. Luego con una sonrisa contestó. – No, no… que va… es que en este muermo de fiesta me has parecido lo único interesante. – ¿Verdad que es un muermo? Creí que era la única que lo pensaba… –respondí riendo sin cuestionarme porqué yo le parecía interesante. – Vamos fuera, tengo algo que igual te apetece. – ¿Qué es? – ¡Vamos! –repitió mientras abría una pitillera plateada y me enseñaba un porro. No suelo fumar porros, pero Eva tenía un magnetismo que te impulsaba a obedecer, así que cogí dos cervezas y la seguí hasta el jardín. Alta, delgada, su piel aceituna brillaba con la tenue luz de los farolillos del exterior. La melena morena y rizada se movía al compás de la suave brisa. Miré alrededor, varios hombres la seguían con la mirada. Yo me sorprendí mirando cómo su culo se balanceaba delante de mí. Cruzamos el jardín y nos sentamos en el banco del fondo. – ¡Capullos! –dijo sacando el porro de la pitillera. – ¿Cómo? – Esos tíos de ahí… no han dejado de mirar mi culo hasta que me he sentado. – ¡Ah! –contesté riendo, pero sin dejar de mirar la forma en que sus labios se entreabrían para sujetar el porro y encenderlo. Le dio una calada en silencio y me lo pasó. Le di un par de caladas mientras Lola le daba un trago a su botellín de cerveza y pasaba la lengua por el labio superior. – Bueno, Lola, hay que reconocer que eres jodidamente sexi. –dije mientras le devolvía el porro. Nuestros dedos se rozaron y Lola los mantuvo ahí dos segundos. Me miró a los ojos y contestó. – Lo sé. ............ ..... ......
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2008114987277
MAL RECUERDO
08/11/2020
CUENTO CORTO RELATO BREVE
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2007274867122
La herencia
07/27/2020
La herencia Mis abuelos eran vecinos. En un pueblo de menos de mil habitantes y viviendo en una casa al lado de la otra, mis padres tenían que conocerse, sin embargo, cuando hablan de su infancia no se mencionan. Supongo que es lo normal cuando conoces a alguien, pero todavía no lo reconoces. Crecieron uno al lado del otro, cada uno a su aire, sin ni siquiera imaginar que un día llegarían a compartir su vida. Cuando mi padre fue a la mili y mi madre a vivir a la casa donde empezó a servir, en la calle Arrabal todo cambió, supongo que durante ese tiempo ambos crecieron y maduraron. A la vuelta, mi padre retomó sus labores diarias y todos los días iba Arrabal arriba con el zurrón al hombro para soltar a las ovejas. La primera vez que mi madre lo vio subir la cuesta, él ya había pasado de largo. Alto, espaldas anchas, pelo corto y algo rizado, paso seguro. Le resultaba familiar, sin embargo, no supo quién era. La pérdida de un latido y un estrechamiento en el estómago le avisaron de que algo diferente había en ese joven. El segundo día lo vio de frente desde la ventana, en ese momento lo reconoció, no quiero decir que supo que era su vecino, el hijo segundo de la Felisa, sino que lo reconoció con el rubor que calienta las mejillas y enciende los ojos, con las mariposas locas aleteando en el pecho y con la certeza de saber que él no pasaría de largo. A partir de ese día lo esperaba todas las mañanas, en la ventana haciendo que sacudía las alfombras, en la puerta con la escoba en la mano, o cruzando la calle hacia la fuente del Cantón con la tinaja de agua apoyada en la cadera. Mi padre se apuraba para pasar todos los días a la misma hora, no fuera que a otra hora ella estuviera ocupada y no la viera. Ansiaba esa sonrisa que le aguardaba en la calle Arrabal y que le iluminaba el día. Así que, se afeitaba con pulcritud, se peinaba y se perfumaba como si en lugar de ir trabajar fuera a la procesión el día grande de las fiestas. En cuanto la veía de lejos se le aceleraba el pulso y le temblaban las piernas. Así es como empiezan estas cosas, miradas, sonrisas cómplices, charlas, anhelos y certeza. Cuando se casaron, mi madre era todavía una chiquilla, no sé qué edad es esa, pero es lo que dice mi tía. “Desde que lo vi, supe que era él y no otro” nos dice. Y qué razón lleva, para qué esperar cuando sabes lo que quieres. Mi padre dejó las ovejas y comenzó a trabajar de albañil, primero de peón, luego de jefe de obra y a final, por su cuenta. Cuando reunieron el dinero suficiente se hicieron una casa en el barrio donde nacieron y crecieron. La casa la hizo mi padre y encima del número 100 de la calle Tribuna, colocó aquella piedra con conforma de corazón que encontró un día en el monte. La pintaron de rojo y todavía sigue ahí, con un rojo cansado pero intenso. Con los años, los problemas de espalda de mi padre le obligaron a dejar la albañilería. Como todavía tenía la granja, compró un rebaño de cabras. También tenía cerdos, gallinas y conejos. Mi madre, con su hermano pastor, sabía lo sacrificado que es cuidar de la ganadería, pero mi padre se la ganó, como hace siempre. “Comeré todos los días en casa” le oí decir más de una vez. Y así lo hizo. Las mañanas las pasaba entre la granja y la huerta, comía en casa y por las tardes soltaba las cabras. A la hora de cenar también estaba en casa. Las tardes de verano, en lugar de ir al monte, bajaba al rio. Si mi madre lo veía por la ventana, me daba una cerveza bien fría y me decía “Mira, ahí está tu padre. Bájale esta cerveza y no corras”. Pero yo corría cuesta abajo, a todo lo que me daban las piernas, para que no se enfriara la cerveza. Se la daba y me quedaba con él hasta que la terminaba. Se la bebía en dos tragos mirando hacia la ventana de casa, ninguno de los dos veíamos a mi madre, pero sabíamos que estaba allí. Todo esto lo sé, porque en las comidas familiares, cuando el vino calienta las tripas y suelta la lengua mi padre empieza a contarnos historias, mi madre lo mira, asiente, completa los detalles y se ríe. Siempre hay un momento en el que le acaricia la cara y le dice entre risas “No bebas más, a ver si te vas a subir a dormir al alto como aquella vez”. Mi padre, cómplice, le devuelve la mirada y la sonrisa. Es el turno de ella, todos conocemos esa historia, pero siempre hay alguien que le tira de la lengua para que la vuelva a contar. Y reímos juntos mientras se nos encienden los ojos con el reflejo de una vida llena de ilusión.
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2007214817880
Narciso
07/21/2020
Cándida es una viejecita capaz de encontrar el amor... donde no debe.
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2006274574764
falso patriota
06/27/2020
Relato corto. Felisa adquiere un muñeco patriota y lo ubica en el mueble del salón. Al principio está encantada, pero los sucesos posteriores harán que reniegue de él.
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2006014218286
amigas
06/01/2020
Relato erótico - SPH
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2005294188722
A menos veinte
05/29/2020
Relato escrito por Miquel Fernández Beltrán el 2 de diciembre de 2009
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