Eran los tiempos de la Reconquista y de la fusión de los reinos de Castilla y León.
Corría el año 1231, cuando el joven Ruy, oblato que fue ofrecido a Dios por su padre, momentos antes de morir, y confiado al Abad del Monasterio de Nuestra Señora de Valparaíso, para que lo educara piadosamente, se encontraba en la edad de tener que decidir entre dedicar su vida a Dios, ingresando en el noviciado, o salir temporalmente del monasterio para probarse así mismo su verdadera vocación.
Provisto de un tozudo borriquillo, unas resmas de papel, algunas plumas de ganso y una botella de tinta por todo equipaje, Ruy, con la venia del abad, se unió a una de las partidas de Caballeros y vasallos, que pernoctaban en el monasterio, dispuesto a conocer la vida extramuros.
Aquellos guerreros marchaban en auxilio del rey don Fernando III, que se encontraba enfrascado en la reconquista de al-Ándalus.
La fortuna lo llevó a conocer al Infante don Alfonso de Castilla, primogénito del rey don Fernando III y heredero al trono, durante la conquista de Jerez de la Frontera, con quien se estableció una relación de sincera amistad, más allá de su humilde posición de fiel vasallo y escribano de su séquito.
Siguiendo los pasos del Infante, conoció a María, el gran amor de su vida, y participó, junto al heredero, en los momentos más singulares de su vida.
Durante una etapa, trabajó arduamente en la Escuela de Traductores de Toledo, y asistió al fallecimiento de S.M. la reina doña Beatriz de Suabia.
Posteriormente, fue testigo de conquista de Sevilla, en donde el Infante participó activamente, contribuyó a la compilación de las Cantigas a la Virgen María, y finalmente, al producirse el fallecimiento de S.M. don Fernando III en Sevilla, Ruy asistió a la ascensión al trono de Castilla y León, de S.M. don Alfonso X, de quien continuó siendo su fiel escribano, confidente y amigo.
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