A aquel mundo hermoso, amplio y verde–azulado, cubierto de riquezas minerales y vegetales, no tardaron en llegar colonizadores. Pero alguna equivocación se debíó haber producido en el sorteo de los planetas en la capital de la galaxia donde se administraban estos menesteres, pues al mismo tiempo, llegaron dos naves con diferentes razas. Una con humanos, la otra con peaches.
Los peaches se parecen a los humanos casi completamente, excepto que la piel de ellos es, como su nombre hace referencia, similar a la cascara del durazno. Evidentemente ninguna de las dos naves colonizadoras iba a levantar vuelo para protestar y pedir resolución del problema, pues ya estaban allí. Decidieron que el planeta era suficientemente grande para todos. Nunca hubo rivalidad ni guerra entre estas dos razas, pero esto no era azaroso, pues había un buen motivo para ello.
Los peaches emiten un aroma que atrae a los humanos sexualmente de un modo casi irresistible. Los humanos a su vez, producen a los peaches un cierto bienestar, una alegría intensa y muchas ganas de jugar, los hacen sentir atrayentes, despreocupados y felices, cual una droga. Así pasaron un par de años sin inconvenientes, hasta que alguien se dio cuenta de ciertas cosas que aquella reunión provocaba.
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