Audio de poema Estado Febril del alma, en voz de su autora Ana Gerónimo.
Estado febril del alma
Amar.
Mirar con los párpados cerrados,
como si la oscuridad supiera más que la luz.
Gritarle al abismo y que te conteste
una voz que no te juzga.
Dormirse de pie
mientras arde la casa,
y despertar sin ropa,
con el alma calcinada
y los prejuicios reducidos a humo.
No es del cuerpo.
No del tiempo.
Es una fiebre sin temperatura,
un incendio sin sirenas.
Un pacto secreto entre dos lunáticos
que se juran eternidad
sabiendo que apenas llegan al alba.
Amar.
Decirle al miedo:
«No te creo»
con la voz aguda de la infancia.
Perder el nombre, el mapa,
las cicatrices heredadas.
Desnudar la historia
hasta dejarla sin fechas,
sin relojes.
Flotar.
Como piedra hueca,
como hueso de coral sin médula.
Y aun así
jurar que rozaste el cielo
con los dientes,
con la lengua,
con la piel.
Ser el cielo de alguien
en tu nota más rota.
Ser cueva,
cápsula de humedad,
templo antiguo de secretos
y elixires que no se nombran,
pero se beben.
Amar es gemir con la boca cerrada,
y decirlo todo
con un roce.
Escribir poesía en la espalda del otro
como quien dicta una plegaria profana.
Amar es ser poeta
que dice te amo
con la voz quebrada
del que acaba de resucitar.
Decir te amo
después del quinto orgasmo,
en las mismas sábanas,
en la misma noche,
con o sin la misma amante.
Porque amar, amor,
es un acto repetido
que siempre se siente
como la primera vez
en un cuerpo donde arder
es más importante
que quedarse.
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