Siempre había sido de clásicos, desde Debussy hasta Springsteen. Cualquiera lo diría. Uno de los Colonos, punta de lanza de la Humanidad durante la expansión, no disfrutaba de la «música de los sentidos». La consideraba falsa, electrónica pura, una droga cibernética. «No es verdadero arte, carece de sentimiento», debatía con quien se aviniese a tratar el tema durante una cerveza. Aislado en la Estación Caronte, más allá de toda esperanza, no tenía con quién discutir. Su único consuelo consistía
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