Tocaron al timbre.
—Esto sí que es trabajar a puerta fría.
Cloe retiró la mano del pomo y se examinó los dedos con la sensación de tener hielo adherido en ellos. Su compañero asintió desde la parte más umbría del rellano.
Aunque se trataba de una primera planta oscura y húmeda, el ocaso aún se reflectaba a través de la ventana que daba al patio interior, y su estela naranja dividía en dos mitades el rellano. Cloe se mantuvo apartada de esos rescoldos del día, pero cualquiera habría apreciado su escote a través de la mirilla, sin necesidad de que se encendiese la luz de la escalera.
Esperaron unos segundos más, esta vez en absoluto silencio.
Nadie contestó. No había señales de vida que no procediesen de las viviendas vecinas. Y únicamente les interesaba esta.
Pero volverían.
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