Aquel 23 de junio, el verano empieza como siempre: el estruendo de petardos, el sobresalto constante provocado por las bombetas y luces multicolores en el cielo. Pero poco sabe Amelia que nada será igual a partir de entonces.
Lo que sucede ese verano la deja sintiendo como si un gigante aburrido y despistado hubiera sacudido su casa, mandando los muebles del salón al comedor y de la cocina a las habitaciones. Así porque sí.
Por fuera todo parece igual, pero por dentro era otra cosa. Las palabras “hipoteca”, “desempleo”, “trabajo en el extranjero” se instalan en las conversaciones de sus padres.
Si su vecina, Yamila, y toda su familia—incluyendo la abuela—, se había venido a España por lo que llamaba “la crisis” en Venezuela, ¿dónde podrían acabar Amelia y su familia, si ahora la “crisis” estaba en España? ¿Perderían todo como le pasó a la familia de Yamila?
Y como si no fuera suficiente vivir con esa amenaza, su mejor amiga la empieza a apartar cuando deja de ir a casales de caballo y tenis; papá se deja de afeitar y se enfada con facilidad. Pero lo peor de todo, en agosto, en vez de salir de vacaciones, tiene que aguantar a su hermano Guille TODO EL DÍA y TODOS LOS DÍAS en casa.
No, esta vez los fuegos artificiales de San Juan no tienen nada de celebratorio; son como las bengalas de los barcos en apuros. Amelia no sabe en ese momento que ella misma encontrará una de las soluciones para rescatar a su familia.
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