Capitulos a partir del 31 del tomo 2
Continuación del capítulo
Tomo II
«Los secretos del linaje aguardan entre las páginas del tiempo…»
A partir del capítulo 21 comenzaron a suceder cosas muy extrañas. Una epidemia silenciosa de rituales y metáforas contagió a todos; algo siniestro se manifestaba en las sombras y, sin duda, era una distracción que mantenía sus mentes ocupadas, impidiéndoles ver lo que realmente se tejía en la oscuridad.
Los primeros en notarlo fueron los que siempre habían permanecido al margen: los que observaban sin participar, los que escuchaban sin intervenir. Ellos percibieron que los símbolos no eran simples coincidencias, sino ecos de algo más antiguo, algo que despertaba bajo la superficie de la realidad.
Las noches comenzaron a alargarse.
Las velas ardían más lento.
Los relojes parecían dudar antes de avanzar un minuto.
Y entre los pasillos, en los rincones donde nadie miraba, una presencia se deslizaba como un susurro húmedo, como un pensamiento que no pertenecía a nadie.
No era un espíritu.
No era un recuerdo.
Era algo que llevaba demasiado tiempo esperando.
Mientras todos se perdían en sus propios rituales, creyendo que descifraban mensajes ocultos, la verdadera señal pasó desapercibida: un cambio imperceptible en el aire, un temblor en la tinta, una grieta mínima en la línea que separaba lo real de lo simbólico.
Porque lo que se movía en las sombras no buscaba ser visto.
Buscaba ser leído.
Continuación del capítulo
La noche estaba cuajada de relámpagos siniestros, como si el cielo intentara desgarrarse a sí mismo. El viento golpeaba las ventanas de la residencia de Giselle con un lamento antiguo, casi humano, casi consciente.
Fue entonces cuando alguien llamó a la puerta.
Un golpe seco.
Luego otro, más lento.
Como si la mano que tocaba dudara entre anunciarse y retirarse para siempre.
Giselle sintió un estremecimiento recorrerle la espalda. No esperaba visitas. Nadie, en su sano juicio, saldría en una noche así.
Se acercó con cautela.
A través del cristal empañado distinguió la silueta de un ser de aspecto oscuro, el cuerpo encorvado como si cargara un peso invisible. Su sombra se alargaba con cada relámpago, deformándose contra la pared como un presagio.
No levantaba la cabeza.
No hablaba.
Solo esperaba.
Giselle dudó. Algo en su interior —una intuición, un eco, una advertencia— le decía que no debía abrir. Pero otra fuerza, más profunda y antigua, la empujaba hacia el picaporte.
Porque ella sabía, aunque no quería admitirlo, que nada de lo que estaba ocurriendo desde el capítulo 21 era casualidad.
Y que quien llamaba a su puerta…
No venía por refugio.
Venía por ella.
La tormenta rugía con una furia casi consciente, como si el cielo quisiera advertirle a Giselle que no abriera esa puerta. Los relámpagos, largos y desgarrados, iluminaban por instantes la residencia, proyectando sombras que parecían moverse por voluntad propia.
Fue en uno de esos destellos cuando lo vio con claridad.
Una figura oscura, empapada de lluvia, el cuerpo encorvado como si arrastrara siglos de peso sobre los hombros. No levantaba la cabeza. Sus manos, huesudas y temblorosas, descansaban sobre el marco de la puerta como si temiera que el viento lo arrancara de allí.
Tocó de nuevo.
Un golpe lento, profundo, casi ritual.
Giselle sintió que el aire se espesaba a su alrededor. No era miedo lo que la invadía, sino una sensación más antigua, más visceral… como si su linaje reconociera algo que su mente aún no comprendía.
La figura habló.
O al menos eso creyó.
No fue una voz.
Fue un murmullo que parecía surgir del interior de las paredes, de la madera húmeda, de la propia tormenta.
Un nombre.
El suyo.
Giselle retrocedió un paso; el corazón le golpeaba con violencia. Nadie debía saber que ella estaba allí. Nadie debía conocer la ubicación de la residencia. Nadie… excepto aquellos que pertenecían al linaje.
Y ellos no tocaban puertas.
Ellos entraban.
Un relámpago iluminó el rostro del visitante durante un instante.
No era un rostro humano.
O no del todo.
Algo se movía bajo la piel, como tinta viva que buscaba escapar.
Giselle comprendió entonces que quien llamaba a su puerta no venía por el refugio.
Venía a reclamar algo que le pertenecía.
Algo que ella había heredado sin saberlo.
Y la tormenta, afuera, parecía celebrar su llegada.
Giselle sintió que el tiempo se detenía. No era una metáfora: los relámpagos parecían congelarse en el cielo, suspendidos como venas de luz desgarrada. El viento dejó de golpear las ventanas. Incluso la lluvia pareció contener la respiración.
La figura al otro lado de la puerta levantó lentamente la cabeza.
No tenía ojos.
O, mejor dicho, los tenía… pero estaban cubiertos por una membrana oscura, como tinta coagulada. Aun así, Giselle sintió que la miraba directamente, atravesando la madera, la tormenta y su propia resistencia.
—Giselle… —susurró la voz, aunque los labios no se movieron.
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