Lisbeth arrrastraba su melancolía por debajo de un inmaculado sudario que, rozando su más nítida desnudez, la transportaba ingrávida a ese mundo entre los mundos, donde no existen las medias tintas y los hombres sólo son nubes de humo, tan frágiles como el cristal bajo el martillo.
Trajo bajo el brazo el humillante recuerdo de la confesión, la culpa y el dolor de la contricción, el arrepentimiento fingido ante el dedo acusador. Bajo las tópicas alabanzas de un imbécil apasionado del subsconscie
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