Realizaremos una serie de entrevistas a Arlindo Luís Carbalho a lo largo de un periodo de tres meses. Entrevistas en las que profundizaremos poco a poco en la mente del violador para entender al detalle su vida, su pasado, sus manías, sus miedos, sus deseos… ¿Se ha “curado” Arlindo? La originalidad de la entrevista reside también en la forma, con un ingenioso artículo parecido al telepromter y utilizando el juego de espejos podemos entrevistar a Arlindo mirando fijamente a cámara.
Realizaremos bodegones recrados, vacíos y sin vida de los lugares que ha ido recorriendo para apoyar la narración del ‘violador de Pirámides’. Los lugares en los que cometió las agresiones, la casa en la que vivía con su mujer, el chabolo en la cárcel… Lugares sin vida pero con sonido. Un coche en un descampado con el maletero abierto, un parque vacío, una ciudad sin vida. Jugaremos con su narración en off y con el sonido recreado de la acción retratada.
Realizaremos bodegones esta vez con vida del día a día de Arlindo. No ocurre nada, o poco. Mira la tele, pasea por el campo, se hace las uñas, una siesta… poca cosa y muchos detalles que cuentan mucho de la psicología de este depredador “dormido”.
Entrevistaremos a los policías que se encargaron del caso, a especialistas y a algunas de sus víctimas. “Los violadores en serie son como depredadores a la espera de su presa. Y siempre van a más”, dice Mari Luz Carro, oficial de policía del servicio de atención a la mujer de Madrid. Y sabe de qué habla. Lleva en el cuerpo más de 26 años y se ha encargado de muchos casos entre ellos el de Arlindo. “Fue terrible porque yo estaba embarazada, todavía recuerdo la llamada de una menor, tenía la edad que ahora tiene mi hija”.
Entrevistaremos al cura que le ayudó en la cárcel y a su terapeuta. Y finalmente a su exmujer y a su madre. Entraremos en la mente del criminal pero también intentaremos entender porqué está en la calle o si debería estar en prisión dadas las circunstancias y los altos índices de reincidencia en estos casos. El debate es claro, la ley impone un máximo de 20 años y el tratamiento especializado es deficiente. Al salir se quedan solos, a merced de sus impulsos. O cambiamos la ley y les encerramos de por vida o vigilamos a los agresores y ponemos recursos y tratamientos obligatorios a su alcance. Estamos jugando a la ruleta rusa.
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