Foto por Harold Neal
Cuando María le confesó a Ernesto que aquellos senos que tanto admiraba debían su gran volumen a unos implantes mamarios, éste ni se inmutó. Hasta cierto punto era previsible. Lo que de verdad terminaría trastornando a Ernesto fue la rotunda afirmación que, a continuación, añadió María: «Yo, los pechos, me los agrandé para gustarme a mí misma».
Toda la mañana estuvo Ernesto dándole vueltas, en la oficina, a la afirmación de su compañera de trabajo. Qué sentido tenía entonc
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