Enfilaron la recta que conducía hasta la cabaña. Era casi de noche y el sol, que minutos antes se recortaba moribundo entre las montañas, había desaparecido por completo. Ella se decidió por fin. No lo pensó más. Las palabras comenzaron a brotar entre sus labios solas, sin esfuerzo, apenas impulsadas con un hilo de aire. El pensamiento se ralentizó y únicamente el sonido de su voz le hacía sentir que no estaba soñando.
– ¿Por qué estás conmigo? – le preguntó sin apartar la vista de la carreter
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