Encallamos entre rocas y arena, y poco después, vino la calma precipitadamente. Fue como dejarse los pulmones corriendo kilómetros y kilómetros, dando lo mejor de uno mismo, para frenar de golpe. El corazón pincha, cuesta respirar y el mundo te da vueltas. Caes desorientado al suelo y no quieres levantar. Y ahí, vencido por la tormenta, te quedas para siempre. Sin moverte, permaneciendo día tras día en el mismo lugar, sin avanzar ni retroceder, sin sentir, sin padecer. Siempre ahí.
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