Este domingo he sido testigo de un hecho terrible, una situación que creía que estaba erradicada hace muchos siglos y que ha vuelto a surgir para golpearnos sin misericordia.
Me encontraba yo en misa, escuchando como el párroco nos leía el pasaje de la caída de Jericó, del libro de Josué, cuando un inquieto murmullo empezó a escucharse por el final de la iglesia. Al mirar hacia el fondo ví a algunos feligreses que con gesto visiblemente crispado hablaban por su móvil.
Unos pocos minutos despué
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