L a genialidad mozartiana en el terreno sinfónico se decanta definitivamente a partir de su sinfonía nº 38 “Praga”, culminando en esa suerte de inefable trilogía que conforman las últimas que salieran de su pluma. Anticipos de clarividencia teníamos ya en la vertiginosa nº 25, anclada relativamente en el estilo Sturm und drang, pero el milagro que acreditan las nº 39-41 pertenece al más excelso olimpo artístico. Redactadas de corrido durante el verano de 1788, sin que para ello se conozca más mo
All rights reserved