Érase una vez una niña llena de grietas
que bailaba cara a cara con la muerte
con los pies descalzos;
que le tenía tanto miedo a la vida
que se aferraba a la idea de seguir respirando
como quien se agarra a un clavo ardiendo,
como quien aprieta el gatillo
y no tiene miedo a salir herido.
Érase una vez una niña llena de espinas
que cantaba a dúo con el trueno,
que guardaba la tormenta en el estómago,
los sueños en la garganta,
y se perdía en excusas,
se convertía en reclusa del tiempo
y temía más al verso que al arma,
porque convertía el dolor en poesía,
porque sabía que la palabra precisa
era capaz de matarla.
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