El aterrador dragón bajó moviendo sus alas, extendiendo sus monstruosas garras para aterrizar con suavidad entre las rocas mohosas del río. De su lomo, un jinete bajó de un salto.
El jinete se quitó su casco. Era muy joven, carente de la musculatura de un guerrero, de cabello negro, corto y desordenado, aunque no lo veía bien desde la distancia, podía notar sus facciones angulosas, casi refinadas. “Tal vez todos los jinetes de dragón son así” pensé.
...
Antes de darme cuenta, me agarró de la cintura con fuerza, casi haciéndome daño y me apretó contra su cuerpo, pude sentir el calor que irradiaba su cuerpo que se estremecía pegado al mío.
Tuve miedo, pero era un miedo distinto, uno agradable, ese que te invita a hacer estupideces y las hubiera hecho con él en ese mismo instante cuando me miró de esa forma y volvió a besarme con pasión, robándome el alma y mi corazón.
All rights reserved