En 1990, una chica joven encuentra, casualmente, un palacete en ruinas de
mediados del XIX.
Obligada por varios fenómenos paranormales, entra y comprueba que todo
permanece como si el tiempo se hubiera detenido. Lo recorre con una
extraña sensación de familiaridad, observando que está engalanado para
una boda.
En el espejo del armario de uno de los dormitorios, reconvertido en
pantalla de televisión, contempla, horrorizada, como una novia de aquella
época fallece al precipitarse por la ventana de esa misma habitación.
Un poco después, es el novio quien está a punto de expirar. En su alocada
desesperación por evitar el desenlace, atraviesa el cristal y se traslada hasta
su mismo lecho de muerte: inútilmente.
Con el auxilio del propietario de la mansión, un estupefacto inspector de
policía que la ha sorprendido en el interior del edificio, debe hallar una
solución, porque sospecha que su futuro depende de corregir los sucesos
del ayer.
Dos detalles apuntan en esa dirección: uno, es el sorprendente e
incomprensible parecido físico que ambos tienen con la pareja de novios.
El otro, es la repetición de sucesos inexplicables que él empieza a sufrir y
que les espolean a regresar, una y otra vez, al misterio que encierra el
palacete.
Del análisis de todo lo acaecido y por su experiencia en el campo de lo
paranormal, la chica llega a una conclusión ineludible: es él quien debe
traspasar el espejo con la misión de impedir semejante fatalidad.
El desarrollo de los acontecimientos le demostrará que estaba muy
equivocada.
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