Entre mis primeros pasos y tarareos se escuchaban las voces de mis padres que no paraban de repetirme una y otra vez, una frase a la que nunca he dado mucha importancia.
Cuando crecí empecé a jugar con la suerte y encontré miles de charcos de barro que la lluvia de enero había traído consigo y en ellos me resguardé del frío; un frío invierno y un crepitante verano que me demostraron juntos que esa frase que de pequeña no paraban de reiterar tras fallo y error, era cierta.
“El tiempo todo lo cura”.
Es ahora con mi poesía con la que te cuento como en cuestión de 52 semanas me hablé sin miedo ni mentiras, me deshice de la cuerda con la que impedían que escuchasen mis gritos de auxilio.
Fue entonces cuando comencé a disfrutar de los charcos, pero esta vez, saltando en ellos como esa niña que no conocía el duelo.
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