El bate, «¡Eso, bate!», se le resbalaba de las manos pringosas. No le habían explicado bien las reglas del juego, solo le habían dado aquel palo — « bate, perdón, siempre se me olvida » —y lo habían empujado al campo. Pero él, aunque ponía todo su empeño en comprender a sus nuevos congéneres, no podía quitarse de la cabeza los minutos anteriores a su reencarnación, cuando el acero atravesó el aire y la vida se le derramó en la arena.
Recomponiéndose, Mendrugo embestía contra la primera base: e
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