El sonido del cuerno se había elevado con las primeras luces del alba por entre las nieblas que ocultan las montañas y los valles entre las montañas y su llamada sería atendida desde los confines de las tierras pobres y los hondos bosques. Deberían hacer frente a una nueva horda de saqueadores...
Y él, una y otra vez, se adelantaba a sus parientes y, esas mismas veces, tenían que pedirle que acompasara su marcha a la del grupo, y sus dientes se asomaban a la risa con la que asentía, vale, vale, decía, pero, al rato, ya saltaba las regatas como un corzo y cruzaba los campos de helechos dejando de nuevo al grupo a su espalda, pues estaba impaciente por demostrar, una vez más, que no le faltaba ni el valor ni la fuerza para cumplir su destino de guerrero; en aquella ocasión, estaba convencido de ello, les resultaría imposible ignorarlo.
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