La sombría mansión vigila el discurrir de la calle desde lo alto de la colina, semejante a un viejo y malvado cuervo negro que acechara a las despreocupas lombrices desde la copa de un ciprés de cementerio. Oculto, tras la añeja cortina de encaje gris que cubre los oscuros ventanales, observo atentamente la alegre vida pasar por la esquina de mi calle. Niños, como yo, juegan a perseguirse entre risas y jadeos. Niños que retozan en un charco de barro, cubierto por hojas del otoño, despreocupados
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